La Unión en el Madidi

En lo profundo del Parque Madidi, donde los árboles destacan por su verde intenso, vivían tres amigos: Caba, el capibara tierno y tranquilo; Coco, el cocodrilo que parecía rudo pero en el fondo era muy amoroso; y Monandro, el mono juguetón y curioso. Juntos pasaban los días jugando, explorando y disfrutando de su hogar, la selva, maravillándose de su belleza y riqueza.
[Fotografía de un mono en el Parque Nacional Madidi]. (s.f.). Identidad Madidi. https://madidiid.org/biodiversidad-del-madidi/
Un día, mientras Caba y Coco paseaban cerca del río, escucharon a lo lejos unos sonidos de diversión. Eran de Monandro. Al acercarse, lo encontraron jugando con una botella de plástico.
—¡Miren esto! —gritó Monandro, lanzando la botella de un lado a otro—. ¡Es divertido, ¿no?!
—Eso no pertenece aquí —dijo Caba con tono preocupado—. Seguro los humanos la dejaron.
—¿Y qué más da? —respondió Coco, indiferente—. Es solo una botella.

Pero, con el paso de los días, objetos extraños y desagradables comenzaron a aparecer en la selva: bolsas de plástico en los árboles, latas oxidadas en el suelo y un olor desagradable que llenaba el aire. Los animales de la selva empezaron a enfermar debido a esto.
[Fotografía de un capibara montado sobre un cocodrilo]. (s.f.). Canal 26. https://www.canal26.com/general/un-carpincho-en-cocotaxi-se-viraliza-la-insospechada-relacion-entre-los-animales–330346
—Esto no está bien —dijo Caba—. La selva se está enfermando, y si no hacemos algo, nuestros amigos y nosotros podríamos morir. Incluso podríamos extinguirnos.
—¿Y qué podemos hacer nosotros? —preguntó Coco, frustrado por la situación—. Solo somos animales.
—Podemos empezar limpiando —sugirió Monandro—. Y tal vez, si trabajamos todos juntos, podamos encontrar una solución.
Los tres amigos reunieron a todos los animales de la selva. Juntos se pusieron manos a la obra, y poco a poco la selva comenzó a recuperar su esplendor. Un día, mientras descansaban después de una larga jornada de limpieza, Caba dijo:
—Esto no está funcionando lo suficiente. Necesitamos que, de alguna forma, los humanos entiendan que deben respetar y cuidar la selva.
—¿Y cómo hacemos eso? —preguntó Monandro.
—Podríamos enviarles un mensaje —respondió Caba—. Mostrarles que la selva es nuestro hogar y no un basurero.
Juntos, los tres amigos organizaron una reunión con todos los animales del Madidi. Decidieron crear un mensaje visible desde el cielo: con ramas, piedras, hojas y flores, formaron las palabras «Cuidemos el Madidi, es nuestro hogar». Cuando los humanos vieron el mensaje desde sus helicópteros, se dieron cuenta del daño que estaban causando y comenzaron a generar conciencia, tomando medidas para proteger el parque.
Tiempo después, la selva empezó a florecer de nuevo, y los animales vivieron en armonía. Caba, Coco y Monandro aprendieron que, aunque eran pequeños frente al mundo, su unión y esfuerzo podían marcar la diferencia.
Moraleja: Cuidar de la naturaleza es cuidar de nuestro propio futuro.
Autora: Paula Angelina Rosas Padilla.
La Fábula del Cóndor y la Llama

Había una vez, en las altas montañas de Bolivia, un cóndor súper orgulloso de sus alas enormes y su vuelo imponente. Volaba tan alto que las nubes se sentían pequeñas debajo de él. Un día, mientras hacía uno de sus vuelos, pasó por un campo verde y vio a una llama que pastaba tranquilamente, sin prisa. El cóndor, al ver que la llama caminaba sin ningún interés en volar, decidió burlarse de ella.
— ¿De verdad te conformas con quedarte aquí abajo? ¡Mira cómo vuelo yo! ¡Soy libre! Puedo ver todo el mundo desde las alturas, ¡puedo ir donde sea! —dijo el cóndor riéndose.
La llama levantó su cabeza, lo miró sin miedo y le respondió:
— Yo no necesito volar, solo quiero seguir mi camino. Mis patas me llevan donde tengo que ir, y mi trabajo aquí es importante. Tal vez no tengo alas, pero tengo un propósito.
El cóndor se rió.
— ¡Propósito! ¿Y qué propósito tienes tú? ¡Ni siquiera puedes ver lo que hay más allá de estas montañas! ¿Qué tan emocionante puede ser tu vida?
La llama, tranquila como siempre, solo dijo:
— Tal vez no vea todo el mundo desde aquí, pero hago mi parte. Ayudo a los que me necesitan, y eso me hace sentir que estoy haciendo algo valioso. Quizás no sea tan impresionante como volar, pero aquí, en la tierra, tengo mi espacio.
El cóndor no dijo nada, pero pensó que la llama no tenía ni idea de lo que era la libertad.
Pasaron los días, y un día, una tormenta inesperada llegó a las montañas. El viento soplaba con tanta fuerza que las nubes cubrían todo el cielo. El cóndor intentó volar, pero el viento era tan fuerte que no podía mantenerse en el aire. Se desvió y comenzó a perder control. Mientras tanto, la llama, acostumbrada al clima impredecible de las montañas, se refugió en una cueva, tranquila y sin miedo.
Cuando la tormenta pasó, el cóndor, agotado y mojado, aterrizó en la roca donde había visto a la llama.
— Nunca pensé que me arrepentiría de volar tan alto —dijo el cóndor, cansado—. Tal vez no necesito volar tanto para sentirme libre.
La llama lo miró y le sonrió, sin burlarse.
— A veces, las alturas son peligrosas. Pero si sabes dónde refugiarte, y sabes cuándo es el momento de quedarte quieto, también puedes ser libre. Cada uno tiene su forma de serlo.
Moraleja: No siempre es necesario estar en lo más alto para ser valioso. A veces, encontrar tu propósito y quedarte firme en tu lugar es lo que te da la verdadera libertad.
Autora: Raquel Roxana Apudaca Ampuero.



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